“¡Uy…, éste sí va a pasar, es el Pedro Infante de la escuela!”
Uy…, éste sí va a pasar, es el Pedro Infante de la escuela!”, fue la frase que se escuchó en el momento en que Ramón Vargas -con diez años de edad- haría su prueba para ingresar al Coro de los Infantes de la Basílica de Guadalupe. Es uno de los hechos de su vida que poco cuenta el tenor mexicano, e incluso dice que fue Antonio López, quien sería después su maestro de canto, el que se lo dijo.
Ramón Vargas está sentado junto a su piano en la sala de su casa. Las paredes tienen cuadros con los programas de las óperas en que participó en los grandes teatros del mundo. También hay libros de música y un equipo de videojuegos.
Esta intimidad de su hogar en la Ciudad de México, es el marco para hablar de su intimidad personal, esos detalles que se dieron a lo largo de su vida para llegar a ser cantante, de lo cual, dice, no tenía la intención de serlo hasta que ganó el concurso Carlo Morelli. En ese momento, cuenta, estaba muy nervioso, “¿qué estoy haciendo aquí?, podría estar viendo la tele, pero cuando inicié la interpretación de un aria, me fui tranquilizando y supe que sería cantante”. Ahora es uno de los más grandes del bel canto en el mundo.
Es también una intimidad llena de sorpresas, como el haber sido boxeador amateur, hasta que le rompieron la nariz, o futbolista, “era buenito”, dice; ser fan de Los leones negros de la UdeG, o sus reflexiones sobre el arte, del cual señala se banaliza por el comercialismo excesivo. O incluso ser algo más: escritor.
— ¿Cómo decides ser cantante?
— Siempre hay esa pregunta eterna: ¿Qué es primero el huevo o la gallina? ¿El cantante se hace o cantante se nace? Creo que cantante se nace y, para serlo de verdad, tienes que trabajar mucho con tu instrumento –la voz– y dominarlo. La tendencia natural de un artista es crear. Hay quien quiere ser pintor y desde niño hace trazos en cualquier lugar, hay quien desea ser bailarín y baila en cualquier lugar.
Un autor alemán tiene una frase bella: “Somos producto de nuestros sueños infantiles” y es algo que me ha hecho reflexionar mucho, porque en realidad, yo no sabía si quería ser cantante, pero sí sabía que me gustaba cantar. Quería estar cantando siempre y presentarme donde pudiera desde que era niño.
Entonces, creo que la idea de ser cantante nació cuando participé en el Concurso Carlo Morelli de 1982 y llegué a la final. En la última fase en el Palacio de Bellas Artes, cuando estaba en el escenario y comencé la interpretación del aria Ecco ridente in cielo, de El barbero de Sevilla, me tranquilicé, estaba más seguro. En ese momento decidí ser cantante.
Pero al principio de esa final, tras el escenario, pensaba: “¿qué estoy haciendo aquí?,¡podría estar en casa viendo la televisión! ¿ Para qué estoy aquí en esta tensión horrible?”. No sabía exactamente lo que quería. Me gustaba cantar, me gustaba la música, pero ser cantante, no estaba seguro. Entonces, la vida te da una dirección, si la sabes escuchar, te va a llevar a lo que deseas.
— Antes de esta aria, hay una historia, ¿cómo era el niño Ramón, el cantante, que le decían su mamá, sus amigos?
— Cuando tenía 10 años, el músico Antonio López, que después fue mi maestro de canto, estaba buscando chamacos de la escuela primera para pertenecer al Coro de los Infantes de la Basílica de Guadalupe. Quería estar ahí porque me gustaba cantar.
No me acuerdo de algo, pero él me lo contó: al momento en que me pasaron a cantar, un compañero dijo: “¡Uy…, éste sí va a pasar, es el Pedro Infante de la escuela!”. Me gustaba cantar en las fiestas de la escuela, en la casa, donde fuera. Por eso, ser cantante de ópera fue un resultado de mis sueños de niño.
Y su base está en el Coro de la Basílica, donde tenía una formación interesante. “El padre Javier González, quien era el director del coro, nos puso maestros de canto gregoriano, solfeo, guitarra y piano. Fue preciso, porque estaba como en el paraíso”.
Ramón entraba a sus clases en el coro a las 08:00 horas y salía las 18:00 horas. “Y como era mi paraíso, estudiaba hasta que me echaban. Me decían: ‘Ya vete’, pero me quedaba en los salones tocando el piano. Hasta que llegaban otra vez los cuidadores y me sentenciaban: ‘A dormir, ya es tarde’”. Después complementaría sus estudios de canto en el Instituto de Música y Arte Cardenal Miranda y técnica vocal con Antonio López y Ricardo Sánchez.
La Ciudad de México a principios de los años setenta del siglo pasado era otra. Ramón nació en 1960 y a los diez años iba y venía con libertad de su casa, ubicada en la calle Puerto Veracruz, en la colonia Casas Alemán hasta La Villa, donde está la Basílica de Guadalupe. “En ese tiempo no había tanta inseguridad, entonces un niño que salía a las 20:00 o 21:00 horas de la escuela y andaba solo para tomar su camión de regreso a su hogar, era algo normal. Ahora sería peligroso que un niño fuera de la Basílica a la colonia Casas Alemán. Me acuerdo que tomaba la ruta que iba por Calzada de San Juan de Aragón, atravesaba Eduardo Molina hasta llegar a La Villa”.
Son las evocaciones de su infancia y cuenta que hace mucho no visitaba su colonia. “Fui hace poco y está muy cambiada. Me dio mucha nostalgia ver la casa de mi padre y madre, donde viví con ellos y crecí”.
Estas remembranzas llevan a Ramón a evocar que él es una de esas personas a las que el esfuerzo continuo llevó a tener un sitio en la ópera mundial. “Vengo de la cultura del esfuerzo. Mi padre era un pequeño comerciante y mi madre ama de casa, pero ella siempre nos puso a estudiar. Nos obligaba a hacerlo y al final todos los hermanos tenemos una profesión”.
Desde ese tiempo, el sendero de Ramón estaba trazado: el encuentro con la música desde niño le cambió la vida, la perspectiva del mundo y por eso dice: “Cuando hablo de la influencia del arte y cultura en las personas, lo digo en carne propia, porque el acto de cantar me transformó como ser humano”.
— ¿Qué otra música te gusta?
— Hubo un periodo en el que me gustó mucho el pop. Ahora me gusta cada vez menos porque no ha evolucionado, se quedó atorado. Lo que se hizo de los años sesenta a los ochenta del siglo pasado, es lo mismo que hoy escuchamos, sólo que con instrumentos más sofisticados. Admiré mucho a los innovadores, desde Elvis Presley hasta The Beatles, de Michael Jackson a Madonna, de Bee Gees a Elton John… que cambiaron y dieron un toque diferente a la música pop. Hoy, no hay mucho. Lady Gaga es una réplica de Madonna, su versión hipster. No escucho cambios que me emocionen.
En el jazz soy más conservador, aunque no soy experto. Cuando estoy en Nueva York voy a bares y clubes. Me divierto mucho. Aunque la música sinfónica y la mexicana me apasionan. Soy gran escucha de las canciones rancheras, aunque no me gustan las de borrachos, como muchas de José Alfredo Jiménez, porque no me parecen adecuadas. Pero son una realidad y José Alfredo fue un cronista de un tiempo específico del país.
—¿Y en la literatura?
—Las letras latinoamericanas me divierten y enseñan. Leer a Carlos Fuentes, a Gabriel García Márquez –de quien leí toda su obra porque tiene una narrativa maravillosa–, y Pablo Neruda, entre otros, es grandioso. Pero algo que no digo, es que me gusta escribir. No soy un escritor en toda su forma, escribo historias sobre lo que me pasa y las dejo para mí y cuando sea más viejo las leeré y me divertirán.
— ¿Las publicarás?
— Ya veremos si vale la pena o no.
— ¿Qué deporte te gusta?
— De joven, futbol. Era buenito. Soy zurdo y jugaba de medio, pero me lastimé las dos rodillas, el trofeo de los atletas villamelones. Aunque nunca tuve un equipo de futbol en particular, pero por razones que no encuentro, era seguidor de la UdeG, Los leones negros. Cuando subió a la Primera División traían a brasileños como Roberto da Silva y Nené. Los admiraba y creo que por eso fue mi predilección. Cuando vivía en Italia, al Inter de Milán, por ser internacional, y como yo era extranjero, pues me gustó ese lema. También practiqué basquetbol, karate, ciclismo y box, el cual me enseñó mi padre. En este deporte fui amateur hasta que me rompieron la nariz.
Ramón Vargas hace una pausa para atender una llamada telefónica y esto da pie para cambiar el rumbo de la plática. Entonces se le pregunta: ¿Por qué se banaliza el arte y se le quita el peso que tiene para la formación de las personas?
—Se tergiversaron los valores del arte a través de la manipulación y del exceso de comunicación mediante las imágenes y exaltación de las marcas. Por ejemplo, tengo un piano, aquí en esta sala –en su casa en Polanco– , pero a lo mejor si le pongo una marca, aunque no sea la verdadera, va a ser considerado. Lo importante es que parezca de lujo, aunque no lo sea. No importa si suena bien o no, pero tiene una marca famosa.
Nos hemos vuelto superficiales. Este comercialismo excesivo impide que el arte nos levante como seres humanos, que tengamos una visión más amplia, más pensante y la gente que asiste a un evento artístico aprenda, porque los artistas estamos llamados para estar con el pueblo, mostrar que podemos ser mejores como seres humanos a través de las emociones y la fortaleza espiritual que sólo da el arte.
Cuando vamos a la Alhambra, en España, y observamos lo que hicieron los árabes en esa época, miras a ese pueblo de otra manera y no como los terroristas que quieren atacar al mundo; cuando oyes el canto de los monjes del Tibet, que es una cosa extraordinariamente bella, los conoces de otra manera y los respetas, porque tienen una esencia como seres humanos profunda.
Y así es en México, tiene una historia atrás, y lo mismo pasa con los italianos y todos los países. Entonces, el arte es un termómetro de lo que está pasando en el mundo, pero si los artistas en lugar de buscar que la gente suba el nivel a donde están ellos, se bajan de nivel, entonces se banaliza el arte.
— ¿El arte genera riqueza económica y eso se critica?
— En México aún se cree que el arte es un lujo. Como una parte extra absolutamente innecesaria, y quien puede acceder ¡que padre y qué bueno! y quien no, nada pasa. Eso es mentira, no es un objeto de lujo. Hay una historia de Platón: lo llevaron a un mercado en Grecia, donde se vendían los objetos más caros de su tiempo y cuando salió el filósofo y le preguntaron sus discípulos: ¿Qué le parecen todos estos objetos de lujo?, él respondió: “Estoy muy contento de haber estado y haber visto algo que no necesito”.
Hay que ver al arte como algo fundamental en una sociedad, porque aún lo consideramos un extra, un lujo. La cultura estadunidense no lo ve así, lo considera una necesidad y además un negocio muy productivo que mueve muchos millones de dólares.
En México hay una contradicción: nos gusta cantar, el teatro, la literatura…, lo traemos en la genética, pero es algo que ocultamos. No es culpa del gobierno, sino de la sociedad, porque no se ha comprometido en hacer valer los beneficios del arte.
Por ejemplo, si me dicen que Luis Miguel va a estar en el Auditorio Nacional, tengo previsto que voy a pagar los boletos, pero si alguien dice que habrá una función de ópera, pienso que serán regalados. No se pregunta cuánto cuestan, porque el arte se regala y voy a hacerles el favor de ir al teatro para que haya gente. No tenemos una responsabilidad social a las artes.
— ¿Y el arte mexicano, cómo lo analizas?
— Somos muy singulares. Cuando hablas de pintores sabes que hay un estilo propio, y así sucesivamente con los escritores, y los cantantes, que tienen un modo de interpretar muy emocional que en otras naciones no hay. Cuando un tenor o soprano mexicanos cantan, sueltan la intensidad de cada frase. Lo que hace falta es meterlo en la disciplina del trabajo, que no sea sólo emoción, porque se queda en lo terrícola. El arte de cantar también es intelectual.
Lo único que falta son compositores clásicos a nivel de los grandes del mundo. ¡Me van a matar!, pero ni Revueltas ni ningún otro realmente puede pegarle a los grandes. Pero en la música popular sí nos damos un mano a mano con quien sea.
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